domingo, 1 de mayo de 2011

LA SIRENA




Era final de verano, y como todos los viernes por la tarde, durante las vacaciones escolares, Marina y su madre esperaban en la estación a que llegara el tren que las llevaría hasta un pueblo cercano dónde su padre trabajaba.

Esa tarde, cómo tantas otras, Marina aguantaba entre sus manitas un cuento. Se sentía impaciente por que el tren llegara y poder subir en él. Corretear por el pasillo hasta encontrar un asiento que le gustara, y llamar a su madre para que se sentara junto a ella. Marina vivía esas tardes como un verdadero acontecimiento: el nerviosismo hasta llegar a la estación con mamá, ojear las vías una y otra vez hasta que el tren aparecía por una curva lejana, el ruido del tren llegando, las puertas abriéndose y cerrándose, el silbato de la estación, el rítmico sonido del traqueteo cuando el tren se ponía en marcha... Era entonces, cuándo se arrellanaba en el sillón, respiraba hondo inhalando el olor a madera de los asientos, y pasándole a su madre el cuento con una sonrisa , giraba la cabeza para observar el paisaje.

Lucía, la madre de Marina, la observaba divertida, ya que su hija repetía una y otra vez el mismo ritual cada vez que hacían el corto trayecto en tren hasta encontrarse con su marido. Ella sabía lo que la pequeña esperaba , y como siempre cuando el tren se ponía en marcha, y su hijita le pasaba el cuento, ella empezaba a leerle las fantásticas historias de princesas y caballeros, piratas y sirenas, tesoros y castillos, que tanto le gustaban.

Aquella tarde Lucía empezó a narrarle una triste historia sobre una sirena que perdió su voz, mientras el tren seguía su camino y Marina ensimismada miraba por la ventana el paisaje que pasaba ante ella. Un mar profundo de un intenso color azul se perdía hasta el horizonte, playas de arena dorada bañadas por la luz del sol del atardecer, y pequeños bosques de verdes pinos, veteados de grandes piedras grises que conformaban algún que otro pequeño acantilado.

Cuando acabó de contárselo, Marina se giró hacia su madre, y le preguntó:

- Mamá, ¿las sirenas existen de verdad?

- Cariño, le respondió Lucia. Las sirenas son seres mágicos, y dicen que solamente la gente con una sensibilidad muy especial y en muy raras ocasiones pueden verlas. Aunque...

- Aunque, ¿qué mamá?, urgió Marina.

- Mira, te voy a explicar un secreto, pero no puedes contárselo a nadie, ¿vale?.

Los ojos de Marina se abrieron como platos, y en ellos apareció un brillo especial. Un brillo de anhelo por saber el secreto que estaba a punto de revelarle su madre, y por la satisfacción de sentirse lo suficientemente mayor para ser su confidente.

- Vale mamá, te prometo que nunca, nunca lo diré a nadie.- Muy bien, pues escúchame bien.

-Hace muchos años, cuando yo era tan pequeña como tú, fui una tarde a pasear por la playa con mi abuela, y me explicó un cuento de sirenas. Y, al igual que tú, le pregunté si existían. Entonces ella me dijo que su abuela cuando era niña, había visto una, porque siempre había querido ver una. Desde entonces siempre decía que, aunque hayan personas que digan lo contrario, la magia existe, y que la gente cuando desea cosas buenas con mucha fuerza, tarde o temprano, siempre ocurren.

- Pero mamá, ¿tú no has visto nunca una sirena?

- No, nunca he visto una, supongo que no lo he deseado lo suficiente. Lo que sí deseé siempre era tener una hija tan preciosa como tú, que le gustaran mucho los cuentos para poder explicárselos. Y, ves, al final naciste y aquí estamos. A ti te encantan los cuentos y a mi me encanta poder contártelos. Así que ya lo sabes, cuándo quieras alguna cosa, has de desearla con mucha fuerza, para poder conseguirla.

Lucía besó en la frente a su hija. Miró por la ventana, y vio que el tren ya se acercaba a su destino.

- Mira, Marina, ya ha llegado el tren a nuestra parada. Vamos que papá seguramente ya nos estará esperando.

Marina, dio una última mirada por la ventana del tren, pensando en lo que su madre le había explicado. Se cogieron de la mano, y juntas se apearon del tren y fueron a buscar a su padre.

El viaje en tren se repitió durante varias semanas más, de la misma manera, y, aunque nunca volvieron a hablar del tema de las sirenas, Marina, miraba muchas veces el mar.

Llegaron las primeras tormentas y el verano acabó, y con él finalizaron los viajes en tren y empezó el curso escolar. Marina volvió a la rutina, pero siempre, por algún rincón de su mente se deslizaba la historia que le había explicado su madre.

Pasaron varios años iguales a los anteriores. Y, aunque Marina creció, y los viajes en tren con su madre y los cuentos maravillosos acabaron, siempre que veía el mar, recordaba aquella tarde, y su conversación, y entonces el deseo de ver una sirena volvía a ella con fuerza.

Empezó a estudiar en la universidad, y para llegar debía de realizar el mismo trayecto en tren que años atrás realizara tantas tardes con su madre. Aunque esta vez lo vivía de modo muy diferente. Normalmente iba hablando con compañeras, o leyendo algún que otro libro que tenía que estudiar, o repasando algunos ejercicios hechos el día antes. De vez en cuando miraba por la ventana, y volvía a ver aquel mismo mar profundo que tantas veces había mirado.

Una tarde, debió quedarse más tiempo del previsto en la biblioteca de la facultad, ya que estaba realizando un trabajo con unos compañeros, y esto le estaba planteando unos problemas que no sabía si sería capaz de superar. Cuándo cogió el tren la tarde empezaba a caer, y se sentó cansada, pensando que por suerte era viernes y tenía el fin de semana para descansar.
El tren se puso en marcha, y Marina sentándose comodamente en el asiento cerró los ojos. Fue entonces cuando escuchó el silbato de la estación, y el rítmico sonido del traqueteo del tren al ponerse en marcha y un olor a madera llegó hasta su nariz. En ese momento recordó aquella fantástica tarde pasada con su madre, y pensó que curiosamente también era viernes como lo era aquel día en el que compartieron aquel secreto familiar. Volvió a mirar por la ventana del tren, muy parecida a aquella por la que mirara entonces, y volvió a ver el mar, aquel mar que tantos secretos guardaba. Recordó perfectamente cada una de las palabras de su madre, y con una sonrisa, pensó que todo aquello era, con toda seguridad, otro cuento que le había explicado para alimentar su imaginación infantil, aunque, a diferencia de otras tantas historias, esta le había dejado una huella imborrable, y el deseo de, aunque fuera por una vez en su vida, poder ver esa sirena. Y nunca había sabido el porqué.

El tren realizaba el mismo trayecto que realizara años atrás, por los mismos paisajes, por los mismos túneles, y por las mismas estaciones. Un poco antes de llegar a una de las estaciones próximas a la suya, el tren se paró, y desde un altavoz una voz femenina explicó que estarían parados unos minutos, y que en breve retomarían la marcha. Marina, resopló, pensando que ojalá fuera poco tiempo ya que tenía ganas de llegar a casa. Y giró la cabeza hacia la ventana para encontrarse de pronto con una preciosa puesta de sol que absorbió totalmente su atención...

De repente el deseo que la había acompañado durante muchos años, inconscientemente regresó con mucha fuerza, con la misma intensidad con la que los niños desean, y miró hacia aquel sol naranja que se empezaba a esconderse en la profundidad del mar.... Un súbito movimiento desvió su atención. Algo pareció moverse en el agua. Miró y vi que era un persona nadando. Marina pensó que era un bañista de aquellos que gusta disfrutar del mar en soledad, pero al observar con más atención, se dio cuenta que agitaba la mano, a modo de saludo. Miró la gente que viajaba con ella, pero sólo había un matrimonio mayor que estaba en el otro lado del vagón y que además iban dormidos. Y el resto del tren no tenía esta vista, ya que las rocas se la tapaban.

Volvió a mirar por la ventana, observando al bañista con interés y se percató de que tenía una larga melena. Una mujer, -¡pero que ganas de bañarse ahora!, pensó Marina, y al ver que nuevamente agitaba la mano comenzó a preguntarse si no estaría en apuros y pediría socorro. Pero la manera de moverse por el agua no le parecía la de una persona ahogándose. Más bien al contrario, nadaba elegantemente acercándose cada vez más donde estaba ella, y se notaba que sabía moverse en el agua.

Sin ni siquiera pensarlo, Marina, saludó a la mujer, y sorprendentemente recibió otro saludo igual como respuesta. Entonces se puso en pie, y abrió la ventanilla. Un soplo de brisa marina le dio en la cara, inundándola de un sentimiento de bienestar. Volvió a saludar y volvió a recibir respuesta. Entonces , una intuición le vino a la mente, y presa de un súbito nerviosismo, sacó un poco la cabeza por la ventanilla y gritó: - Hola.

Esta vez, la mujer la miró, y sonriendo, le respondió con una bellísima voz: - Hola Marina. Recuerda lo que te enseñaron de pequeña. Nunca lo olvides.

Y dicho esto, le lanzó un beso con la mano, se la llevó al corazón manteniéndola allí un momento, y volviéndole a sonreír con dulzura, dio un salto y se zambulló en el agua, mostrando por un instante su espléndida cola bordada de escamas tornasoladas.

Marina, se desplomó en su asiento, completamente asombrada. Era cierto, pensó, era cierto todo lo que mi madre me contó de su tatarabuela. Las sirenas existían. Ella había deseado durante mucho tiempo ver una y lo había logrado. Entonces recordó las palabras de su antepasada. Si uno se lo proponía y lo deseaba con mucha fuerza, al final lo conseguía. Era cosa de voluntad e ilusión. ¿Y qué es la ilusión, sino magia? Ella lograría conseguir todo aquello que se propusiera, ahora lo sabía. Por muchas dificultades que encontrara en su camino, llegaría hasta donde sus sueños le permitieran. Había visto su sirena.

En silencio, volvió a mirar hacia aquel mar que ya no guardaba tantos secretos para ella, y lentamente se fue dibujando una luminosa sonrisa en su rostro, la misma que aquella lejana tarde se dibujó en su cara mientras su madre le explicaba la historia de una sirena.












martes, 4 de enero de 2011

LA PROMESA



Stephan abrió los ojos, y aturdido, se fijó en un ave solitaria que pasaba por encima, muy alto, muy alto en un cielo infinitamente azul. Pensó que no recordaba haber visto jamás un cielo tan nítido, y, después de un momento en que se quedó observando cómo el pájaro se alejaba, empezó a pensar que tampoco recordaba qué había pasado, ni cómo había llegado hasta allí. Cerró de nuevo los ojos, cansado, y de pronto, una imagen invadió su mente. Era la cara de una hermosa joven de triste mirada que le sonreía. Conocía aquella mujer, sabía que le había hecho una promesa y que debía de cumplirla. No podía recordar su nombre, pero si sentía la necesidad imperiosa de volver a verla.
Se incorporó con esfuerzo, sintiendo una sensación de plomo en sus piernas, y entonces pudo ver que se encontraba en una verde pradera salpicada por una multitud de flores. No podía distinguir bien de que flor se trataba, pero si veía con claridad el intenso color rojo que tenían.
De pronto se sintió más ligero, y se levantó con una sola idea en su mente, encontrar a la mujer de su recuerdo y cumplir la promesa que le había hecho.
Comenzó a caminar dejando atrás aquel campo más rojo que verde, llegó a un pueblo dónde no encontró a nadie. No sentía cansancio, ni hambre ni frío. En algún momento pensó que era extraño no ver a ninguna otra persona, pero eso le daba igual, su pensamiento volvía una y otra vez a la mujer que le sonreía. Vagó durante lo que a él le parecieron varios días, y por fin, entró a una pequeña ciudad que conocía. Miró los edificios y reconoció uno de ellos, en ese preciso instante un nombre de mujer regresó a su memoria. Penélope. Ella era la mujer de sonrisa triste que invadía su mente día y noche. Hacía ella se dirigían todos sus pensamientos. De pronto recordó una pequeña casita blanca al final de una calle llena de árboles de hermosas flores malvas. Buscó el lugar y se encontró con una pequeña casita blanca, y, aunque no era exactamente cómo la recordaba, algo en su interior le decía que su búsqueda estaba a punto de concluir.
Volvió a mirar a ambos lados de la calle y volvió a sentirse extrañado de no ver a nadie, pero tuvo tiempo de pensar mucho en ello, ya que en ese preciso instante una joven mujer abrió la puerta de la casa, y salió de ella. Él la reconoció y la llamó, pero ella no lo vio y empezó a caminar a lo largo de la calle. En las manos llevaba un pequeño ramo de rosas blancas , e iba sumida en sus pensamientos.
El la observó desde lejos y la siguió. Observó su pequeña figura, su elegante porte, y su lento caminar, con la mirada perdida, cómo sumida en un océano de tristeza. Caminaron varias calles hacia la salida del pueblo, y entonces ella llegó a un recinto, y abrió la verja que hacía de puerta. Él entró tras de ella y su visión se volvió borrosa, sólo veía con claridad a la mujer. Empezó a sentir una extraña sensación, una especie de miedo, pero siguió adelante.
Entonces ella se arrodilló frente a lo que parecía una piedra, y depositó las flores encima de ella. Empezó a llorar en silencio, mientras Stephan se acercaba, y empezaba a distinguir con más claridad dónde se encontraba.
Llegó al lado de Penélope, que no parecía percatarse de su presencia, y entonces se fijó en la piedra sobre la que ella había dejado las flores. Su nombre estaba escrito en ella. Su nombre sobre piedra.
De pronto lo recordó todo, su mente se vio invadida de recuerdos. La bella Penélope, su boda unos días antes, ella llorosa cuando lo despidió en el tren , y la promesa que le había hecho y que lo había hecho volver:
- Amor mío, no llores, éste no será el último beso que te dé. Aún he de volver a besarte. Te lo prometo.
También recordó las bombas, los gritos de agonía, y el dolor ardiente que le atravesó el pecho cuándo cayó en aquel campo plagado de los cuerpos de sus compañeros muertos en combate.
Comprendió en ese preciso instante que estaba allí, sólo para cumplir su promesa. Volver a besar a su mujer.
Se inclinó hacia ella, que en ese momento levantó la mirada, y, entonces él depositó un suave beso en sus labios con el que expresaba todo el gran amor que sentía hacia ella, que cerró los ojos. Luego le susurró un al oído, con la esperanza que lo escuchara:
- He vuelto para cumplir mi promesa. Siempre te amaré.

Penélope llevaba días encerrada en casa, sumida en una profunda tristeza. Pero aquel día sintió que tenía que ir a hacer aquello que tanto temía. Se vistió y cogió las flores. Al salir de casa y durante todo el trayecto al cementerio tuvo la extraña sensación de que alguien la seguía, pero no vio a nadie en todo el camino, sólo a una señora a lo lejos. Llegó a la tumba de su amadísimo esposo y depositó el ramo de flores de su boda que, extrañamente, aún seguía fresco después de varias semanas.
Tenía la sensación de que había alguien con ella, pero seguía sin ver a nadie. Miró la lápida y empezó a llorar en silencio, pero desconsoladamente. En ese momento, sintió una suave brisa a su lado y, le pareció oler el perfume que usaba su marido. Levantó la cabeza y la brisa que la envolvía levantó uno de los pétalos de las flores y en su vuelo, rozó los labios de Penélope. Ella cerró los ojos y sintió un beso. El último beso de su marido, el que le prometió que volvería a darle. Entonces pudo escuchar claramente unas suaves palabras en su oído, y supo que él estaba allí y que había venido a cumplir la promesa que le había hecho.
Penélope, miró hacia el vacío lugar que ocupaba el espíritu de Stephan, y le respondió. Yo también te amaré siempre.

Con unas leves sonrisas se miraron sin verse y se dijeron adiós.

domingo, 29 de agosto de 2010

EIBRYN



Si algún día viajáis a Irlanda, y visitáis Dungannon, no dejéis de ir al bosque de Muireann en cuyo corazón se encuentra un lago llamado Cailleach ya que según se cuenta en sus profundas aguas habita una bruja que se aparece a aquellos pobres incautos que se pierden en sus cercanías y los lleva a sus profundidades con ella.
En una aldea cerca del lago vivían William y su mujer Eibryn. Él trabajaba las tierras de su familia, y ella, que era huerfana, se encargaba de la casa. A Eibryn le gustaba dar largos paseos al lado del lago cada día, y ,aunque conocía la leyenda de la bruja del lago, no había visto nunca nada que le hiciera pensar que fuera cierta. Y, aunque sus conocidos le decían que tuviera cuidado, ella se sentía muy tranquila durante sus paseos, y en ellos encontraba paz y sosiego. De hecho, ella siempre hablaba de una Dama, cuando se comentaba la leyenda.
Su vida consistía en cuidar su casa, estar con su marido y dar largos paseos durante los cuales soñaba despierta. Y, aunque la mayoría de días eran lluviosos o estaban nublados, nunca faltaba a su paseo diario por el lago. Ella así era feliz.
Pero el tiempo fue pasando y William y Eibryn no tenían hijos. La curandera de la aldea le daba todo tipo de remedios naturales, pero no se quedaba encinta. Para William, que amaba mucho a su mujer, no suponía ningún problema, pero ella cada vez estaba más triste y más decaída.
Un día, paseando por el lago, en un momento de gran desesperación, lanzó al aire un ruego en voz alta. Si existía de verdad una dama mágica en el lago, y si podía oírla, le rogaba por favor que la ayudara a engendrar un hijo que sería su felicidad plena.
No se dio cuenta que un par de ojos la observaban desde el fondo del lago.
Al cabo de pocos meses, Eibryn quedó encinta, y fue motivo de su felicidad más absoluta. Y después de nueve meses de embarazo, llegó un parto largo y complicado, que la dejó muy débil, al final del cual nacieron siete pequeñas.
Aunque su salud se vio muy mermada, Eibryn siguió cuidando la casa y a su gran familia y siguió dando sus paseos junto al lago. Y poco a poco se fue recuperando, hasta recuperarse por completo.
Todas las niñas eran preciosas, y como eran muy parecidas, para diferenciarlas, las vestían con vestidos de colores distintos, siempre en relación con el nombre que les habían puesto. Así pues, Reedy, vestía siempre de rojo, Oranny iba de naranja, el color de Yellin era el amarillo, Grynner siempre de verde, a Blurie era el azul del cielo el que más le gustaba, Ainnyl que no acababa de decidir si le gustaba más el azul o el violeta, y, finalmente, Violet que iba siempre a coger flores del mismo nombre que además hacían juego con su vestido.
La vida de la familia transcurrió feliz, hasta que cuando las pequeñas contaban siete años, al pueblo llegó un buhonero que vendía y arreglaba cosas diversas.
Cuando vio a Eibryn se quedó prendado de ella. Perdió la cabeza, y le insistió para que escapara con él, y abandonara a su familia, pero ella que amaba muchísimo a su marido, y adoraba a sus hijas lo rechazó.
El buhonero, que no era buena persona, no pudiendo aguantar la obsesión que tenía por la mujer, alargó su estancia en el pueblo y sus alrededores, y la acechó durante un tiempo, observando sus entradas y salidas, y sobretodo, en que momentos estaba sola.
Hasta que un día, uno especialmente lluvioso, durante uno de sus habituales paseos, el buhonero enloquecido de amor por Eibryn, trató de abusar de ella a la orilla del lago. En el forcejeo los dos cayeron al agua, y aunque ella luchó con todas sus fuerzas, él que era más fuerte y dándose cuenta de que ella jamás se iría con él, trató de ahogarla, ya que no quería que nadie supiera lo que había hecho.
Con sus últimas fuerzas, Eibryn pensó en la Dama del lago y en silencio le pidió que la ayudara a salvarse de aquel malvado hombre que quería destrozar su vida.
En ese momento, unas manos níveas surgieron de la oscuridad del fondo del lago y arrastraron al malvado buhonero hacia su final.
A duras penas, Eibryn alcanzó la orilla y llamó a la Dama, pues sentía que tenía que agradecerle además de su propia vida, la felicidad de su familia.
De pronto, desde la mitad del lago surgió una esbelta figura de mujer. De cabello oscuro , ojos de color violeta y una piel muy blanca, iba vestida con una bellísima túnica que parecía que estuviera tejida con la propia agua del lago. La Dama, caminó hasta la orilla donde se encontraba ella, y con una dulcísima voz le habló:
- Hola Eibryn, mi nombre es Gwenhwyar y soy la guardiana de este lago que encierra grandes secretos. Te he estado observando durante toda tu vida, y creo que eres una persona llena de bondad y merecedora de una larga vida llena de alegría, por eso te he ayudado para que puedas gozar de ella. Se que la leyenda habla de una bruja, pero en realidad no lo soy, sino un hada del agua que en ocasiones ayudo a buenas personas como tú, aunque para ello tenga que llevarme al fondo de mi lago a gente malvada para que no vuelvan a hacer daño a nadie.
Jamás he pedido nada a nadie, pero a ti me gustaría pedirte un favor muy especial.
Eibryn , impresionada por la belleza y la dulzura de la Dama, le preguntó que porqué la había escogido a ella para ayudarla y mostrarsele.
Y entonces Gwenhwyar, acomodándose sobre unas piedras que habían a la orilla del lago, y con sus pies siempre dentro del agua, empezó a explicarle su propia historia.
Muchos años atrás ella era un hada que vivía feliz en su bellísimo bosque de Muireann. La gente mágica tenía unas leyes muy estrictas de no relacionarse con los humanos, ya que podían ser descubiertos, y la superstición de la gente podía iniciar una guerra para eliminarlos. Durante mucho tiempo su vida transcurrió feliz con su pueblo, pero un día, buscando unas flores cerca del lago, vio a un hombre dando de beber a su caballo. Lo primero que le llamó la atención fue la dulzura con que el trataba al animal, atendiéndolo antes que a si mismo. Después de aquel encuentro, Gwenhwyar volvió más veces al lugar, hasta que lo vio otra vez. Esta vez se fijó en aquel hombre joven, de figura esbelta y cabello oscuro que se sentaba en la orilla del lago y se quedaba un rato mirando hacia la inmensidad azul del agua. Aquellos encuentros en secreto se repitieron más veces, hasta que un día, por un descuido de ella, él la descubrió. Inmediatamente se enamoró de aquella mujer que irradiaba una luz especial. Al principio, ella huyó, pero fueron volviendo cada día al mismo lugar para verse, hasta que poco a poco se enamoraron. Ella sabía que romper las leyes de su pueblo, podía suponer su muerte y la de su amado, pero aún así siguieron viéndose a escondidas durante bastante tiempo.
Fue inevitable, dado el amor que se tenían, que Alexander que así se llamaba su amado le propusiera matrimonio y, se casaron en secreto. Poco tiempo después Gwenhwyar quedó embarazada. Entonces él quiso dar a conocer su relación y dejar de vivir a escondidas, y, a pesar de los ruegos de ella de que no se presentara ante su pueblo, decidió hacerlo, confiando en que su amor podría romper aquellas barreras que los separaban.
Estaba totalmente equivocado. Alexander se presentó ante el jefe del pueblo de Gwenhwyar, y explicó que se había enamorado y que se habían casado. Injustamente, la pareja fue acusada de romper las leyes que regían en su mundo, y fueron castigados cruelmente. A él con la pena de muerte, y ella sería desterrada para siempre del bosque, y el hijo que les naciera a ambos sería abandonado en la aldea cercana y se criaría como humano, sin conocer nunca sus orígenes. Los llantos y ruegos de Gwenhwyar no sirvieron de nada, y Alexander fue llevado al lugar donde se habían conocido y enamorado y llevado al interior del lago donde se ahogó. Entonces ella pidió elegir su lugar de destierro, hecho que le fue concedido, y eligió el lago donde para siempre reposarían los restos de su amadísimo esposo. Desde aquel momento se convirtió en la Dama del Lago, y sólo le fue permitido abandonarlo para dar a luz a su hija que fue criada en la aldea y a la que pusieron de nombre Eibryn.
En este momento Gwenhwyar terminó su historia y miró a la cara de su hija.
Las lágrimas rodaban por las mejillas de Eibryn, estaba escuchando la historia de sus padres, narrada por su propia madre. En aquel momento, entendió el porqué le atraía tanto el lago, y porque era tan feliz cuando paseaba cerca de el. Entendió porqué gracias a la magia de su madre había tenido a sus preciosas hijas y ahora que también la conocía a ella su felicidad era completa. Entonces se incorporó, y sin mediar palabra, se lanzó a los brazos de su madre y ambas se fundieron en un abrazo llorando de felicidad.
Cuando por fin se separaron, Eibryn le preguntó sobre el favor que le había pedido, y le dijo que le daría lo que quisiera.
Gwenhwyar le contestó que había visto algunas veces a las niñas cerca del lago, y le pidió a Eibryn que si les daba permiso para visitarla en el lago, ya que a ella no se le permitía salir. Le explicó que la magia haría posible que estuvieran en el lago con ella, cuando lloviera y a la vez surgiera el sol, que era el momento en que la magia era más fuerte.
Así, que se lo dio, y quedaron en verse cada día ellas dos, y el día que lloviera y además brillara el sol al mismo tiempo, las niñas podrían visitar a su abuela en el lago. Y se despidieron con otro largo abrazo y con lágrimas en los ojos.
Cuando llegó a su casa, Eibryn explicó a su marido William su historia, y él también estuvo de acuerdo en que las niñas visitaran a la Dama del lago.
Así pues, a los pocos días, cercana la primavera, un día empezó a llover, y al poco empezó a brillar el sol al mismo tiempo. Las niñas con sus vestidos de colores, y su madre fueron al lago y entonces la Dama apareció con una dulce sonrisa, y estirando los brazos hacia el sol, dijo unas extrañas palabras y las niñas empezaron a volar hacia el centro del lago donde las esperaba su abuela, dejando una estela preciosa de siete colores en forma de arco que se perdía al contacto con el agua, y cuando volvían a casa salían de la misma manera.
Desde aquel día, y cada vez que llovía y salía el sol a la vez, el maravilloso arco de colores se veía por encima del bosque hasta que se perdía en el interior del lago. Las gentes del lugar, lo llamaron Arco Iris.
Y, aún en nuestros días, cuando veáis un arco iris, en un día de lluvia y sol, pensad, que las siete hijas de Eibryn han ido a visitar a su abuela al fondo del lago.



miércoles, 14 de julio de 2010

SKARGARD, EL DRAGÓN CUENTA CUENTOS



Más allá del país del Tiempo Infinito se levantan majestuosas las montañas de la luna. Se llaman así porqué sus picos más altos parecen acariciar el borde de la luna azul. Mi nacimiento se produjo en el pico más alto de todos, una noche cuando mi madre me dio a luz iluminada por esa luna enorme que parecía guiarla en su trance.
Me llamaron Skargard en honor a mi antepasado, uno de los más fieros dragones que jamás existiera en nuestro mundo.
Hubo un tiempo en que los hombres y los dragones vivían en paz, pero, la ambición de poder de algunos hizo que entráramos en una cruel guerra que estaba destruyendo ambos pueblos.
Crecí entre traiciones, batallas y muerte, siempre en mis montañas amadas, de las que solo salía para hacer incursiones en el bando enemigo.
Volaba con mis hermanos, entre altos picos y verdes valles que se volvían negros tras el paso de nuestras lenguas de fuego. Muchos de ellos murieron abatidos por las armas humanas, pero algunos otros fuimos quedando y cada vez se me hacía más difícil aniquilar a aquella gente que en otro tiempo había sido nuestra amiga.
Fue en una de mis últimas batallas que encontré un joven herido al que uno de mis compañeros iba a dar muerte. Tal valentía mostraba aquel muchacho al enfrentarse al enemigo, que algo dentro de mi despertó y me cambió para siempre. Sin pensarlo dos veces, me lancé a defenderlo enfrentando a mi propio hermano y finalmente logré salvarle la vida. Un leve movimiento de cabeza y una mano en el corazón fue su agradecimiento, pero en la pureza de su mirada pude ver que era sincero.
Tras aquel incidente la vida siguió durante algún tiempo de la misma manera, más traición, más guerra y más muerte.
Hasta que un día, traicionado por uno de los míos, caí en una emboscada. Un grupo de hombres armados me alcanzó y fui gravemente herido. Los hombres se acercaron para darme muerte, y yo queriendo morir con honor, hice una leve reverencia con la cabeza, expuse mi corazón a sus lanzas y miré a los ojos al que parecía su jefe.
En ese momento, el hombre dio la orden de alto, y volviéndose hacia mi me dijo:
- ¿No me reconoces dragón?
Fue entonces, cuando volví a mirar fijamente la profundidad azul de sus ojos, que reconocí en ellos los de aquel muchacho al que un día tiempo atrás salvé la vida. Incliné mi cabeza en una leve reverencia y me llevé una garra al corazón, exactamente como él había hecho tiempo atrás.
- Amigos, escuchadme todos, por que os he de explicar el porqué yo no puedo permitir que nadie haga daño a este dragón.
El resto de los hombres se revolvían nerviosos, mientras les explicaba como le había salvado la vida y cómo el se sentía en deuda conmigo. Cuando acabó los hombres deliberaron durante un rato, hasta que decidieron respetar mi vida con una sola condición, que les ayudara a finalizar tantos años de guerra influyendo en mi propia gente.
Acepté sus condiciones, pues yo también estaba cansado y harto de esta guerra, que como todas las guerras no nos conducía a ningún sitio, y sólo nos traía destrucción y dolor a ambos bandos. Entonces me llevaron a una cueva que sólo conocían unos pocos y de la cual se decía que había sido la guarida de un poderoso mago muchos años atrás.
Durante un tiempo curaron mis heridas, me alimentaron, y me proporcionaron cobijo y calor, con lo que mi recuperación fue bastante rápida.
Fue entonces cuando en el fondo de la cueva, que poco a poco iba explorando con cuidado, encontré un enorme baúl lleno de libros escritos en todos los idiomas imaginables y con ellos unas gafas bastante viejas, que llevaban una inscripción en un idioma completamente desconocido para mi. Cogí uno de los libros, uno en cuya portada curiosamente había un dragón leyendo, lo hojee, pero al no entender lo que decía, lo solté en una mesa, y con cuidado las gafas también. Entonces de manera casual, mi vista se posó en las gafas y en lo que a través de ellas veía. No podía ser, aquellos signos que se me habían antojado tan extraños, me habían parecido letras que conocía, a través de aquellas lentes. Cogí las gafas y me las puse delante de los ojos, no podía creer lo que veía, todos los libros estaban escritos en mi lengua. Podía leer todo lo que miraba a través de las gafas, no importaba la lengua en que estuviera escrito. Las gafas eran unas gafas mágicas que habían pertenecido a un brujo poderosísimo, que muchísimos años atrás había vivido en nuestro país, y sobre el que había una leyenda que decía que hablaba todas las lenguas que existían. Y ahora, por capricho del destino, las gafas eran mías.
Así pues, mientras me recuperaba me dediqué a leer todos los libros que había en aquel enorme baúl, y que explicaban historias maravillosas. Algunas trataban de princesas y príncipes, otros de brujas y dragones, había historias sobre almas en pena que vagaban eternamente por el mundo, de gente caída en desgracia por su maldad, y otros que lograban la felicidad en recompensa a la bondad que mostraban, piratas en busca de tesoros famosos, amores imposibles, vampiros y otras criaturas de la noche, reyes que perdían sus reinos, y otros que los recuperaban ....
Cuando venían los hombres a traerme alimento y a curar mis heridas, yo me dedicaba a explicarle estas historias que aprendía, y no se aún si disfrutaban ellos más escuchándome o yo contándolas. Así seguimos durante un tiempo, en el cual entablamos una fuerte amistad, hasta que me recuperé y nos despedimos. Erlend, que así se llamaba su jefe, me dijo que echarían de menos mis cuentos y yo les prometí que cuando acabara mi misión y lográramos la paz, volvería para seguir explicando aquellas maravillosas historias a todo el que quisiera escucharme.
Después de aquello, volví con mi gente, que me daba por muerto. Se hizo una gran fiesta para celebrar mi retorno, y fue allí con todos los míos reunidos, que expliqué lo que me había pasado, de cómo había salvado la vida a Erlend, y cómo luego este me la salvó a mi. Expliqué cómo él y sus hombres habían cuidado de mi durante mi recuperación, y de cómo estaba en deuda con ellos, y nunca más lucharía en contra de los hombres, ya que los había valerosos y con honor y palabra, y que no todos eran malvados que querían nuestra destrucción. Y, al final, expliqué una historia sobre dos amigos enfrentados, que un día os explicaré.
Tras mis palabras, el consejo de los dragones se retiró a decidir que debían hacer, y después un interminable rato, salieron y nos comunicaron a todos, que valía la pena intentarlo, que acabarían la guerra contra los hombres.
Días después Erlend y sus hombres se reunieron con el consejo de dragones, y conmigo y firmaron la tan ansiada paz. La unión entre nuestros dos pueblos volvía a ser fuerte, como siempre debió ser.
Las celebraciones duraron varios días, en los cuales yo me dediqué a hacer aquello que tan bien había aprendido durante mi estancia en la cueva del brujo, explicaba las historias que había aprendido.
Y hoy, todavía sigo haciéndolo.
Soy Skargard, vuestro dragón cuenta cuentos.